Manifesto - Saggi - Documenti - Vatican Forum - Eventi - Links - Cronologia - FAQs - Redazione - Recensioni - Segnalazioni

Scegli la tua lingua: English - Français - Deutsch - Español

 

Ignacio Klich , Argentina de cara a la historia

©2003, The Vatican Files.net

 

¿Qué tienen en comun Ante Pavelic y Radislaw Ostrowsky? Líderes de regímenes pronazi ambos, en Croacia el primero y Bielorrusia el segundo, estos equivalentes de Adolf Hitler en los Balcanes y el Báltico han sido identificados por la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en Argentina (CEANA) como los criminales de guerra nazis y colaboracionistas de mayor jerarquía que echaron raíces en el país, perennes en el caso de Ostrowsky.

Creada en 1997 por el entonces Canciller Guido Di Tella, la CEANA surgió como una de la veintena de comisiones de historiadores establecidas en igual número de países para realizar un exámen autoinstrospectivo de sus respectivas actuaciones durante el período del nazismo y la temprana posguerra, en particular en lo concerniente a la retención de los frutos del despojo de las víctimas del Tercer Reich y regímenes asociados. En la prehistoria de la CEANA pueden discernirse tres conferencias académicas internacionales, una en Oxford en la década de 1980 y dos en Buenos Aires un decenio después [1] . Todas involucraron a un Di Tella proveniente de un hogar antifascista y que hizo sus primeras armas políticas en la democracia cristiana, ora como exiliado y estudioso argentino en Gran Bretaña, ora como político y facilitador desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. Estos eventos contaron con la participación de académicos argentinos y otros, varios de los cuales –Holger Meding, Ronald Newton, Mario Rapoport y Leonardo Senkman, entre otros- trabajaron más tarde para la CEANA. Entre las organizaciones no gubernamentales (ONGs), los antecesores de la CEANA incluyen el Proyecto Testimonio de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), y una conferencia sobre America Latina a medio siglo de la Segunda Guerra, ideada por latinoamericanos y latinoamericanistas próximos a la B’nai B’rith en Washington, y realizada en el United States Holocaust Memorial Museum de la capital estadounidense [2] , con participantes de ambos –por ej., Carlota Jackisch, Saúl Sosnowski et al- siendo luego investigadores de la CEANA. 

Sumados a los diferentes factores internacionales que incidieron en la creación por distintos países de las antes mencionadas comisiones están un conjunto de consideraciones locales relevantes para el caso argentino, entre ellas la falta de voluntad política para abordar la actuación de gobiernos de los años cuarenta y cincuenta de la Comisión Nacional de Investigaciones, dependiente de la Vicepresidencia de aquel de facto que sucedió a Juan Perón; la trascendencia relativa del significativo libro sobre la neutralidad argentina, escrito por un autor con acceso a los papeles personales de un otrora Canciller y apoyo de la Cancillería, en relación con los bestsellers de periodistas argentinos y extranjeros, sensacionalistas unos, más serios otros; y el desencanto provocado por el inusitado desenlace de una investigación promisoria impulsada por una ONG. Tomados con el creciente deseo de gobiernos de distinto signo de asumir un pasado con ramificaciones que exceden a la década de 1950 (y que desembocó en la tardía pero bienvenida innovación de conceder extradiciones de quienes eran buscados por la justicia de distintos países, especialmente desde el retorno de gobiernos electos), éstos permiten hacerse una idea del amplio abanico de factores que llevaron a la creación de la CEANA.

Apoyada material y logísticamente por la Cancillería, la Comisión fue constituida de manera tal que su trabajo estuviese a resguardo de partidismos de cualquier tipo. De ahí que careciese del carácter de una comisión nacional y, en cambio, haya sido responsable ante un Panel Internacional y Comité Asesor conformado por más de dos docenas de personalidades académicas, diplomáticas, jurídicas e institucionales el primero y por representantes de más de diez organismos no gubernamentales y otros el segundo (a diferencia del par de ONGs contempladas en una poco recordada iniciativa anterior de un par de legisladores). Si la CEANA fue recibida inicialmente con la natural dosis de cautela acordada a toda iniciativa oficial, la expansión desde entonces del Panel Internacional y Comité Asesor, como así también la carta de panelistas argentinos y otros a la edición latinoamericana de la revista neoyorquina Time a propósito de imprecisiones fácticas y omisiones en una pieza de Mark Falcoff (que lamentablemente ponían al descubierto el hecho de que no todo argentinista es a priori especialista en los temas cubiertos por la CEANA), se cuentan entre los testimonios más elocuentes de la confianza que la Comisión se fue labrando lentamente en un lustro de trabajo sin estridencias. Lo mismo puede decirse de la prórroga de su vida decretada por gobiernos posteriores, y el reconocimiento de tal trabajo imbricado en la sugerencia del Centro Wiesenthal de utilizar este precedente para “mercosurizar” la experiencia de la CEANA, y del Congreso Judío Mundial de emplear a la Comisión como modelo de inspiración para un país europeo occidental. Que ésto no es todo lo atestigua, entre otras cosas, la invitación para que la Argentina se sumara a la membrecía de la International Task Force for Cooperation on Holocaust Education, Remembrance and Research (ITF) -grupo creado por los Estados Unidos, el Reino Unido y Suecia que ya cuenta con una decena de Estados miembro adicionales, ninguno de ellos latinoamericanos-, fundamentada en el reconocimiento a las investigaciones de la CEANA.

En sus primeros meses, el Comité Académico de la CEANA consensuó con el Panel Internacional y Comité Asesor una agenda de investigación que no sólo giraba en torno a la posibilidad de que bienes expoliados a las víctimas del Tercer Reich y regímenes asociados hubiesen ingresado a la Argentina, tema afín al de otras comisiones, sino que también aprovechaba la ventana de oportunidad abierta para indagar sobre los criminales de guerra que se radicaron en el país y las complicidades locales y otras que facilitaron tal afincamiento. Más tarde, una iniciativa de la B’nai B’rith Argentina llevó al abordaje de un tercer eje temático -el impacto que el nazismo y la afluencia de criminales y otros nazis y colaboracionistas tuvieron en nuestra cultura, gobierno y sociedad-, de la misma manera que una sugerencia extra ONGs impulsó a la CEANA a estudiar el papel de funcionarios diplomáticos y consulares argentinos frente a víctimas del nazismo y otros regímenes.

Para cumplir con una agenda tan vasta, más amplia que aquella de otras comisiones, el Comité Académico se propuso arrancar de donde habían dejado otros antes, y avanzar gracias a nuevas fuentes documentales con el concurso de estudiosos locales y extranjeros que ya se habían dedicado a éstos y temas afines [3] . En el caso de fuentes argentinas, se trataba de ampliar el número de repositorios oficiales abiertos a la consulta, más allá del Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto y el Archivo General de la Nación, habitualmente visitados por académicos, investigadores institucionales, etc. A sabiendas de la inexistencia de “archivos nazis”, inexactitud mencionada por distintos medios en referencia a aquellos repositorios que pueden o no contener materiales sobre el tema, esa expansión todavía puede que tenga beneficios subsidiarios: tal vez sirva en la larga transición de la cultura del secreto a una de mayor transparencia, a la vez que pueda emplearse como precedente para autoinstrospecciones sobre otros temas. A diferencia de la argentina, mucha si no toda la documentación extranjera ya había ingresado al dominio publico, sólo que una importante parte de ésta no había sido empleada en relación con la Argentina. La  resultante de este proceso fue el acceso de investigadores de la CEANA a documentación perteneciente a dos dependencias del Ministerio del Interior, papeles de la Vicepresidencia de la Nación en manos del Ministerio de Justicia, otros del Poder Judicial y de representaciones argentinas que no habían sido enviados a Buenos Aires aún, como así también de las tres ramas de las fuerzas armadas, la Dirección General de Fabricaciones Militares y CITEFA. En el extranjero la búsqueda fue complementada con el relevamiento de documentos diplomáticos y otros alemanes, austríacos, belgas, britanicos, eclesiásticos, estadounidenses, franceses, hispanos, italianos, polacos, suizos y yugoslavos.

Es difícil reseñar a vuelo de pájaro los avances en el estado de la cuestión surgidos de la labor de la cincuentena de investigadores de la CEANA. A riesgo de ser injusto con algunos, sin embargo, cabe señalar que en el primer eje temático, la CEANA halló entre los papeles personales del primer Canciller de Perón, complementados por la documentación helvética, evidencia de un depósito en el Banco Central de monedas de oro antiguamente pertenecientes a la representación diplomática del Tercer Reich en Buenos Aires, que provenían de la liquidación de bienes alemanes en el país. Si el valor de ese oro hace pensar que se trataba de parte de los fondos operativos de esa embajada, su naturaleza amonedada impide determinar si éstas habían sido robadas a las víctimas del Tercer Reich. No es ese el caso de los hasta 200 kg de oro introducidos por los ustashas, sustraídos de las arcas del Banco del Estado de Croacia: a diferencia de entidades centrales en otros países, este Banco poseía oro amonedado y en lingotes, además de joyería proveniente de las exacciones a las víctimas serbias, judías y gitanas, y su ingreso a la Argentina está en sintonía con un aspecto de la guerra fría, la campaña mundial de Pavelic contra el gobierno yugoslavo de Josip Broz Tito. En materia de obras de arte, la CEANA pudo verificar que el principal repositorio argentino, el Museo Nacional de Bellas Artes, carece de piezas de origen dudoso. Asimismo, existen indicios en la documentación norteamericana que la Argentina, al igual que Cuba y México, pudo haber servido para la triangulación de exportaciones de obra robada en Europa al mercado norteamericano, y/o su posible reintroducción en la Europa de posguerra.

En lo concerniente a criminales de guerra, se identificó por nombre y atención suscitada en ámbitos judiciales europeos a una parte de los criminales de guerra que vinieron aquí. Más importante aún es el descubrimiento de la CEANA en documentación belga que una reunión con Perón de fines de 1947 dio pie a que un grupo de europeos, entre ellos un criminal de guerra convicto en Bélgica y otro acusado y requerido por Checoslovaquia años después, creara una Sociedad Argentina de Recepción de Europeos (SARE), con personería jurídica ante la Dirección de Migraciones. Al ser la SARE responsable por la obtención, por ejemplo, de un permiso de libre desembarco para Leon Degrelle, el principal criminal de guerra rexista belga, la responsabilidad última por el otorgamiento de tales ventajas a criminales recae en el entonces jefe de Estado, independientemente del hecho de si los beneficiarios terminaran o no en la Argentina (Degrelle, por ejemplo, permaneció en España). La mayoría de esos 180 identificados llegaron al país con documentos de (i) la Cruz Roja o el International Refugee Organization; (ii) países terceros y (iii) sus propios países de origen. Ello confirma que el otorgamiento de pasaportes argentinos se vio limitado a mucha menos de los 6.000-7.500 inicialmente mencionados por algunos (cantidad que Jacob Tsur, primer diplomático israelí en Buenos Aires, caratuló en los años ochenta como burda exageración), y que tales papeles beneficiaron más que nada a científicos, técnicos y otros  “alemanes útiles”. A su turno, la francesa, entre otra documentación consultada, reveló que Emile Dewoitine, padre del primer avión a reacción argentino, el Pulqui I, fue el único de los 180 que trabajó para proyectos de las fuerzas armadas, mientras que los papeles del Obispo Alois Hudal, el rector pronazi del colegio germánico de Roma, y otros registros, demostraron que algunas personalidades eclesiásticas –Hudal, Krunoslav Draganovic, y los Cardenales Tisserant y Montini, entre ellos- facilitaron la huida de criminales o intercedieron en pro de la absorción argentina de europeos sin exclusiones. Una evaluación más definitiva de tal rol tendrá que esperar hasta la apertura de registros vaticanos y otros. Su llegada nada tuvo que ver con los submarinos que se rindieron en Mar del Plata en 1945, ni con la posible presencia de otro sumergible alemán, sino que se produjo en gran parte por las más convencionales marina y  aeronavegación comerciales.

 

En cuanto a su influencia, la CEANA constató que el grupo de colaboracionistas latinos, constituido por publicistas y académicos franco hablantes y otros, tuvo mayor ascendiente sobre la cultura política argentina que su contraparte germana al poseer los primeros publicaciones en castellano, incluida la revista Dinámica Social, y cátedras en universidades nacionales y privadas. Sin pertenecer a la categoría criminal de guerra, el hecho de que uno de ellos, el publicista del régimen de Vichy Alberto Falcionelli, llegara a formar parte de la dirección del CONICET durante el gobierno  de facto más reciente (1976-1983) ilustra aquello que toda historia es historia actual. Por lo demás, la importancia del grupo latino no significa ignorar la relevancia del austríaco Osvaldo Menguin en la cátedra de antropología de la UBA, cuyo papel fue estudiado por la CEANA, ni desconocer el hecho de que quienes le adscribieron el sangriento atentado a la embajada israelí y/o la AMIA a los hijos de Adolf Eichmann en base a algunas de sus aseveraciones posteriores a la captura de su padre, carecen de elementos probatorios contundentes. Aunque desoido por  autores de diversos bestsellers, Zvi Aharoni, líder del comando israelí que secuestró a Eichmann, ya había alertado antes de la creación de la CEANA que tales afirmaciones no debían tomarse al pie de la letra. 

Por último, en lo referente a actuaciones dignas, no hay lugar a dudas que la Argentina, como casi todo el resto de América Latina y otros países, no se propuso una política de rescate de víctimas del Tercer Reich. En todo caso, las memorias de la Dirección de Migraciones de la época son claras en su creciente sesgo antirrefugiado y antijudío. Aún si ese ente oficial no fue el único protagonista, tampoco menudearon quienes desde el Servicio Exterior estuvieron recorridos por prejuicios antijudíos, independientemente de su filiación aliadófila o pro Eje, o que se esmeraron en demasía en el cumplimiento de su interpretación de las directivas de Buenos Aires. Tal es el caso, por ejemplo, de un cónsul general en La Paz, amonestado desde Buenos Aires por haberle cobrado a dos refugiados judíos cuatro veces el valor de una visa turista, que el cuestionado trató de explicar como su aporte personal a desalentar la inmigración de gente tal. Paralelamente a ello estuvieron quienes con prescindencia de consideraciones crematísticas hicieron una lectura diferente de las instrucciones y utilizaron el margen de maniobra que éstas dejaban en favor de los necesitados o hasta corrieron ciertos riesgos en pro de contados beneficiarios. Lo importante aquí es evitar hacer deducciones automáticas a partir de elementos biográficos incompletos. Considérese, por caso, al historiador y diplomático Roberto Levillier, al que algunos de sus pares del Servicio Exterior le adscriben un origen judío por el primer par de sílabas de su apellido: durante su gestión como ministro plenipotenciario en Varsovia, a fines de los años veinte, Levillier se mostró más favorable a la inmigración checa que la polaca, parcialidad interpretable como antijudía dado el número de judíos que conformaban esta última. En la década siguiente Levillier, al igual que otros con diversas afinidades políticas, respondió favorablemente a un llamamiento de la embajada del Tercer Reich para formar parte de una comisión de cooperación científica, respuesta que algunos han utilizado apresuradamente para deducir a partir de ella una filiación nazi o pro nazi que nadie le atriibuyó, por ejemplo, a Bernardo Houssay, el científico y ulterior premio Nobel, que también integró esa comisión. Siendo embajador en Montevideo en el decenio de 1940, Levillier fue denunciado a la Cancillería por su propio cónsul general al haberle otorgado un visado argentino a un matrimonio italiano que venía huyendo de las leyes raciales fascistas. El reconocimiento de tales matices es uno de los factores que ayudan a explicar que hasta 45.000 judíos hayan eludido el genocidio nazi en la Argentina entre los años de 1933 y 1945. Cifra insuperada por los demás Estados latinoamericanos, ésta no puede explicarse exclusivamente por arreglos informales, aún si la mitad de los beneficiarios aproximadamente no fue ajena a este resurso. Sin ser la solidaridad el único factor que facilitó su ingreso, nada al fin de cuentas es monocausal, ¿cómo entender si no que la documentación alemana revisada por la CEANA muestre a Eichmann catalogando a un cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes, como “judeófilo”?

 

Parte de éstos y otros resultados de la CEANA han sido difundidos por publicaciones académicas argentinas, y otras locales y extranjeras por salir [4] . También, la CEANA ha estado dando a conocer sus trabajos en eventos académicos argentinos y extranjeros. Su cometido prima facie no estará cumplido, empero, hasta la salida del manual para el estudiante preuniversitario y la guía para el docente que la Comisión encargó a varios historiadores argentinos. Y, aún así, sería  autocomplaciente proclamar que no hay necesidad de hacer más, tanto en lo que a investigación se refiere como en lo atinente a sus consecuencias prácticas.

 

 

 



[1] Ver Guido Di Tella y D.C. Watt (comps.), Argentina between the Great Powers, 1939-46, Londres, St. Antony's/Macmillan, 1989; Beatriz Gurevich y Carlos Escudé (comps.), El genocidio ante la historia y la naturaleza humana, Buenos Aires, GEL, 1994; Ignacio Klich y Mario Rapoport (comps.), Discriminación y racismo en América Latina, Buenos Aires, GEL, 1997.

[2] Ver Proyecto Testimonio, Buenos Aires, Planeta, 1998, 2 vols.; AA.VV., War Criminals and Nazism in Latin America: 50 Years Later, Washington, B'nai B'rith, 1998.

[3] El Panel Internacional incluía a Marcos Aguinis, Roberto Alemann, Edgar Bronfman, Ralf Lord Dahrendorf, Torcuato Di Tella, Adolfo Gass, Richard Goldstone, David Harris, Richard Heideman, Greville Lord Janner, Walter Laqueur, Sol Littman, Daniel Mariaschin, Mario Mariscotti, Hector Masnatta, Pastor José Míguez Bonino, George Mosse (q.e.p.d./z'l), Padre John Pawlikowski, Jehudah Reinharz, Seymour Rubin, Vittorio Segre, y Sir Sigmund Sternberg. Por su parte, aquélla del Comité Asesor incorporaba al American Jewish Committee (Jacobo Kovadloff), Anti-Defamation League (Rabino León Klenicki), Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, AMIA (Noé Davidovich), Banco Central de la República Argentina, B'nai B'rith Argentina (Samuel Kaplan), Centro de Estudios Legales y Sociales (Martín Abregú), Centro Simon Wiesenthal (Sergio Widder), Confraternidad Argentina Judeo Cristiana (Hermana Marta Bauchwitz), CJL (Manuel Tenenbaum), DAIA (Mario Feferbaum), Fundación Konrad Adenauer (Dieter Benecke), Instituto Nacional contra la Discriminación (Enrique Oteiza), Todo es Historia (Emilio Perina, q.e.p.d./z'l). A su turno, el Comité Académico estuvo presidido por Manuel Mora y Araujo, con Ronald Newton y Robert Potash como vicepresidentes, e Ignacio Klich como coordinador académico, contándose como investigadores senior, co-investigadores y asistentes de investigación a María Inés Barbero, Daniel Bargman, Carolina Biernat, Edith Blaschitz, Fabián Brown, Cristian Buchrucker, Inés Calceglia, Christel Converse, Khatchik Der Ghougasian, Fernando Devoto, Carolina Dones, Alejandro Fernández, Abelardo Figueroa, Jorge Gilbert, Adela Harispuru, Carlota Jackisch, Gladys Jozami, Fabián Luedueña, Daniel Lvovich, Daniel Mastromauro, Vanesa Mazú, Holger Meding, Juergen Mueller, Andrés Musacchio, Mario Nascimbene, Angel Miguel Navarro, Diana Quattrocchi-Woisson, Víctor Peralta Ruiz, Andrea Pochak, Mónica Quijada, Mario Rapoport, Andrés Regalsky, Dennis Reinhartz, Celso Rodríguez (q.e.p.d.), Luis Alberto Romero, Roberto Russell, Daniel Sabsay, Matteo Sanfilippo, Daniel Sazbón, Leonardo Senkman, Saúl Sosnowski, María Inés Tato, Juan Gabriel Tokatlian, Fabiana Tolcachier y Theresa Alfaro Velcamp, entre otros.

 

[4] Entre éstas se cuenta Estudios Migratorios Latinoamericanos (EML), año 14, N°43, 1999 (reeditado en el 2001); Ciclos, año 10, N°19, 2000; Ignacio Klich (comp.), Sobre nazis y nazismo en la cultura argentina, Gaithersburg (en prensa). El quehacer de la CEANA también fue difundido por la revista intelectual británica Jewish Quarterly, primavera 1999; e  impulsó a un periodista del matutino italiano La Repubblica a escribir un libro. Ver Giovanni Maria Pace, La Via dei Demoni. La fuga in Sudamerica dei criminali nazisti: segreti, complicità, silenzi, Milán, Sperling & Kupfer, 2000.

 Coordinador Académico, CEANA

Page up

Home